En la penitenciaria de mujeres “El Gallinero” algo se cuece. Las vigilantes lo saben pero ya les va bien tenerlas a todas juntas y controladas y hacen oídos sordos.
La primera en llegar es Tornillo, que como siempre anda mirando al suelo, como si se le hubiera caído alguna cosa. Acaba sus tareas en la lavandería a las 2 y después de una comida rápida se dirige a la celda 29 y empieza a escribir en la pared con una tiza. Poco después llega María Pelotas, a la que todas evitan en la ducha y luego aparecen la Sorda y Correo. La Sorda ingresó hace unos meses después de afirmar que no había escuchado los gritos de su marido chamuscándose en un cuarto en el que él mismo se había encerrado.
Ellas cuatro organizan el cotarro todos los Viernes. Tornillo escribe la canción en la pared, María Pelotas dispone las sillas y el palet que utilizaran como tarima, Correo se coloca en la puerta para avisar si viene algún vigilante y la Sorda se sienta y observa. Al cabo de unos minutos y aleatoriamente, van llegando otras mujeres y se reparten entre las sillas y el suelo.
Poco después empieza la música. Las que saben leer y no conocen la canción cantan mirando a la pared, las que la conocen cantan, simplemente, y las demás, que quieren participar y no tienen ni pajolera idea de lo que se canta, hacen los coros. Menos la Sorda, que se queda allí y no canta ni escucha pero parece disfrutar tanto o más que las otras del espectáculo.
Pero esta tarde, mientras re reían de los gallos de algunas y de los coros, que al no saber la canción hacían que las cantantes perdieran el ritmo, entró alguien inesperado:
Manuela, alias la Enterradora, encerrada allí de por vida acusada de violar y luego colgar de una biga a 23 mujeres. Nadie ha escuchado nunca la voz de Manuela, es una mujer muy alta y robusta y siempre utiliza a Correo para enviar mensajes que todas prefieren no escuchar. Al verla entrar todas han cesado de cantar. Con una mirada la chica de la tarima ha entendido que tenía que cederle el puesto, Manuela se ha subido y, sin mirar a la pared, ha hablado por primera vez
- “La quiero a morir”- (se escucha una risita)-Y ante el asombro de todas empieza a cantar:
“Y yo que hasta ayer sólo fui un holgazán y hoy soy guardián de sus sueños de amor, la quiero a morir”
De repente a todas les parece que Manuela tiene un gran sentido del humor. Todo el conjunto, la enorme mujer subida a la tarima, su voz aguda cantando al estilo Manzanita, el desentone y sobretodo la canción elegida, ofrecen un espectáculo al que algunas no pueden resistirse y empiezan las risas ahogadas y las caras enrojecidas. Pero Manuela, que parece ajena a todo, sigue cantando-
“Y me atrapa en un lazo que no aprieta jamás, como un hilo de seda que no puedo soltar, no quiero soltar, la quiero a morir…”-
Y llegados a este punto Paca, que está sentada al lado de la Sorda no puede evitar soltar una carcajada, y sorda, al verla, se ríe, como ríen las personas que no se escuchan a ellas mismas, desentonando, y tanta tensión general y desentone acaba en una explosión de carcajadas. Unas se miran a otras, liberadas, liberándose, hasta que María Pelotas, divertida, suelta un:
- ¿Eso es lo que les cantas antes de colgarlas?
Se hace un silencio general y absoluto. Nadie jamás se ha atrevido a dirigirse a la Enterradora y todas las miradas se clavan en ella. Manuela ha acabado de cantar, tiene un semblante muy serio y la cara bañada en lágrimas. Mira a todas y cada una de las caras que se han estado tronchando, haciendo recorrer un escalofrío que va desde el suelo al techo, y baja de la tarima antes de desaparecer por la puerta de la celda. Correo ha captado la señal y va detrás de ella. Al cabo de un minuto ven aparecer a Correo con semblante blanco:
- Dice que esa canción se la cantaba su querida mamá, y que espera que la perdone.
viernes 27 de marzo de 2009
sábado 21 de marzo de 2009
Dar de comer a las palomas
Cada mañana, nada más levantarse, cogía una barra de pan seco y lo dejaba en remojo. Después de vestirse y comer algo metía el pan mojado en una bolsa de plástico y se iba a la plaza; Allí, sentado en el banco, abría la bolsa y empezaba el ritual.
Ellas ya lo conocían y esperaban mostrando alegres sus alas blancas, y es que Miguel después de despedazar el pan en migajas abría la bolsa de plástico y con ilusión se subía al banco de madera, entonces estiraba bien sus viejos brazos, bolsa en alto, y con un lento movimiento de manos daba la vuelta a la bolsa y se rebozaba de pan…recibía una fresca ducha de pan mojado. Empezaba el aleteo y si te parabas un momento lo podías ver ahí, con sonrisa permanente, rebozado, inundado de palomas.
Tenía palomas hasta en las orejas, se le subían a la cabeza, a los brazos, sobre las piernas y él, arropado de tanta vida, no dejaba de reír. Pero siempre se guardaba una miga de pan y al final de cada sesión se la ponía justo en la punta de la nariz, y a aquella paloma que iba a buscarlo le ponía nombre. Fue así que empezó a reconocerlas y a hablar con ellas, y pasaron los meses y las palomas se multiplicaron.
Corrieron las voces, al parque empezaron a llegar personas para mirar el espectáculo del loco de las palomas, y llegaron también las quejas, porque las palomas cagan, cagan mucho, y lo llenan todo de mierda, y un llegó un policía y le prohibió a Miguel dar de comer a las palomas.
...
En algún lugar, al otro lado de la ciudad, unos funcionarios extienden redes llenas de pan mojado, y aquellas palomas que rebozaban a Miguel, sus hijas y las hijas de sus hijas, se lanzan contentas a la comilona. Unos minutos después las redes se doblan, alas se mezclan con alas que allí no sirven para nada, las meten en una furgoneta y no vuelven a cagar.
No hay Miguel, no hay palomas, no hay quejas y todo está muy limpio.
Ellas ya lo conocían y esperaban mostrando alegres sus alas blancas, y es que Miguel después de despedazar el pan en migajas abría la bolsa de plástico y con ilusión se subía al banco de madera, entonces estiraba bien sus viejos brazos, bolsa en alto, y con un lento movimiento de manos daba la vuelta a la bolsa y se rebozaba de pan…recibía una fresca ducha de pan mojado. Empezaba el aleteo y si te parabas un momento lo podías ver ahí, con sonrisa permanente, rebozado, inundado de palomas.
Tenía palomas hasta en las orejas, se le subían a la cabeza, a los brazos, sobre las piernas y él, arropado de tanta vida, no dejaba de reír. Pero siempre se guardaba una miga de pan y al final de cada sesión se la ponía justo en la punta de la nariz, y a aquella paloma que iba a buscarlo le ponía nombre. Fue así que empezó a reconocerlas y a hablar con ellas, y pasaron los meses y las palomas se multiplicaron.
Corrieron las voces, al parque empezaron a llegar personas para mirar el espectáculo del loco de las palomas, y llegaron también las quejas, porque las palomas cagan, cagan mucho, y lo llenan todo de mierda, y un llegó un policía y le prohibió a Miguel dar de comer a las palomas.
...
En algún lugar, al otro lado de la ciudad, unos funcionarios extienden redes llenas de pan mojado, y aquellas palomas que rebozaban a Miguel, sus hijas y las hijas de sus hijas, se lanzan contentas a la comilona. Unos minutos después las redes se doblan, alas se mezclan con alas que allí no sirven para nada, las meten en una furgoneta y no vuelven a cagar.
No hay Miguel, no hay palomas, no hay quejas y todo está muy limpio.
lunes 9 de marzo de 2009
Negativos
El bar de la calle 7 no tiene nada de especial, es un local pequeño, frío y apestoso. Apesta a alcohol y a meados, porque los borrachos prefieren mear en la puerta que usar el lavabo, está tan lleno de mierda que el suelo te arranca los zapatos de los pies.
Pero el bar de la calle 7 siempre está lleno, porque siempre está abierto y nadie pregunta nada.
Sentada en una esquina hay una mujer que se tapa la cara con un pañuelo. En la barra, un hombre flaco y de cara ojerosa reclama otra copa mientras una vieja no deja de meter monedas en la máquina tragaperras. Tres peras. Por unos segundos suena la música y las luces iluminan la cara de la vieja, que recoge impasible las monedas y sigue su ritual. Dos peras y una manzana. Silencio.
El bar de la calle 7 siempre está lleno, porque siempre está abierto y nadie pregunta nada.
Pero el bar de la calle 7 siempre está lleno, porque siempre está abierto y nadie pregunta nada.
Sentada en una esquina hay una mujer que se tapa la cara con un pañuelo. En la barra, un hombre flaco y de cara ojerosa reclama otra copa mientras una vieja no deja de meter monedas en la máquina tragaperras. Tres peras. Por unos segundos suena la música y las luces iluminan la cara de la vieja, que recoge impasible las monedas y sigue su ritual. Dos peras y una manzana. Silencio.
El bar de la calle 7 siempre está lleno, porque siempre está abierto y nadie pregunta nada.
domingo 8 de marzo de 2009
Dobla la esquina
Limpieza
Hay cosas de las que uno no se puede desprender.
Qué difícil elegir, ante el cambio, lo que llevas contigo y lo que dejas atrás (como si se pudieran dejar las cosas atrás) pero el dicho es claro, corazón que no ve, corazón que no siente, o al menos, tanto.
*
Juguetes
En medio del caos de la mudanza ví la cajita de Julia pero no la pude abrir. Todavía no estaba preparada. El par de calcetines de rayas, la camisetita y el peluche azul seguían allí. Pensé en regalarlos, pero me parecía entonces que enviaba malos augurios a una familia feliz. Pensé en tirarlos, pero eso era despreciar a quien pudo ser y no fue.
Calcetines sin estrenar, talla 3
Mejor no tocar algunas cosas
se remueve el alma entera,
Otra vez.
*
Peluches
He puesto la preciosa ovejita rallada de carita dulce en una bolsa, de basura y con ella se ha ido también la vaca que compramos aquel mes de Agosto. Y luego está el osito, el único, el de la última vez; las flores que lo acompañaban se secaron hace tres años, y creo que la nota la tiré, o quizás quise perderla, no lo recuerdo bien, pero el osito estaba allí, en mi lugar preferido, encima de los libros y conservaba todavía toda la suavidad. Es lo que queda del último mensaje de amor, de dolor, de maldita esperanza, que me enviaste, el día después.
No pude meterlo en la misma bolsa y lo he escondido en el armario, detrás de la ropa…
… Y desde allí me mira, orgulloso, con su lazo a cuadros azules alrededor del cuello, y me cuenta que lo que significó un día se perdió hace mucho tiempo.
Qué estúpida, todavía pienso que escondiendo las cosas puedo dejar de verlas.
Qué difícil elegir, ante el cambio, lo que llevas contigo y lo que dejas atrás (como si se pudieran dejar las cosas atrás) pero el dicho es claro, corazón que no ve, corazón que no siente, o al menos, tanto.
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Juguetes
En medio del caos de la mudanza ví la cajita de Julia pero no la pude abrir. Todavía no estaba preparada. El par de calcetines de rayas, la camisetita y el peluche azul seguían allí. Pensé en regalarlos, pero me parecía entonces que enviaba malos augurios a una familia feliz. Pensé en tirarlos, pero eso era despreciar a quien pudo ser y no fue.
Calcetines sin estrenar, talla 3
Mejor no tocar algunas cosas
se remueve el alma entera,
Otra vez.
*
Peluches
He puesto la preciosa ovejita rallada de carita dulce en una bolsa, de basura y con ella se ha ido también la vaca que compramos aquel mes de Agosto. Y luego está el osito, el único, el de la última vez; las flores que lo acompañaban se secaron hace tres años, y creo que la nota la tiré, o quizás quise perderla, no lo recuerdo bien, pero el osito estaba allí, en mi lugar preferido, encima de los libros y conservaba todavía toda la suavidad. Es lo que queda del último mensaje de amor, de dolor, de maldita esperanza, que me enviaste, el día después.
No pude meterlo en la misma bolsa y lo he escondido en el armario, detrás de la ropa…
… Y desde allí me mira, orgulloso, con su lazo a cuadros azules alrededor del cuello, y me cuenta que lo que significó un día se perdió hace mucho tiempo.
Qué estúpida, todavía pienso que escondiendo las cosas puedo dejar de verlas.
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