sábado 28 de febrero de 2009

Una salida difícil

Recibía aquellas cartas cada vez más a menudo. Al principio hablaban de lo hermoso del paso del tiempo, la sumergían en un bosque de ensueño y le describían un árbol milenario; dibujaban su tronco, sus enormes ramas, sus hojas verdes y resaltaban su belleza eterna. Eso a la chiquilla le pareció tremendamente romántico.
Las siguientes cartas, cadenas de palabras majestuosas escritas con tinta negra y caligrafía elegante, hablaban de amor y se explayaban en descubrir un amor profundo y atemporal. María enseñaba las cartas a su amiga con orgullo y las releían juntas con complicidad adolescente. A sus 17 años se encontraba viviendo un cuento de hadas, se sentía afortunada y esperaba con ansiedad leer y releer aquellas cartas misteriosas. Y así pasaron las semanas y los meses y un día recibió una carta, como toda la demás, escrita en tinta negra. Le describía el intenso amor que sentía por ella, ajeno una vez más al paso del tiempo, y ella se sintió arropada por una nube de ilusiones… y siguió leyendo hasta un punto en el que el corazón le dio un vuelco, al conocer el secreto del supuesto amor eterno y es que el remitente afirmaba ser inmortal. Esa carta no la enseñó a su amiga, ¿como podía ahora enseñar la carta de un loco en el que había puesto tantas esperanzas? pero si la mostró a su madre; esa y las demás. Fue la última carta que recibió.


Su primo, al que no veía desde la infancia, la llamó unos meses después para quedar un día y ella contenta había aceptado. María recordaba que de pequeña habían jugado alguna vez juntos y le hacía ilusión retomar el contacto. Allí, sentados en una cafetería del casco viejo de Barcelona, él le mostró lo emocionado que estaba por volverla a ver y empezó a describirle con detalle situaciones que habían vivido juntos muchos años atrás, situaciones que ella no recordaba. Le hablaba de los juegos que habían compartido y de lo bien que lo pasaban... María empezó a sentirse mal por no recordar y no cesaba de negar y de disculparse. Él continuó, aunque algo molesto, hablando de la gran amistad y aprecio que sentía por ella, le dijo que tenía muchas cosas que contarle y con entusiasmo la invitó a cenar.

María, insegura y extremadamente tímida, sonreía, pero en su interior algo le decía que aquello no iba bien. Buscando quizás un punto de apoyo miró a su alrededor. Sólo una mesa, dos chicas y el camarero. Se armó de valor y simulando una sonrisa le dijo que no podía quedarse. Quería irse pero la ilusión de su primo la desarmaba. Él insistió en invitarla a cenar porque tenía que explicarle un secreto. Estuvieron unos segundos en silencio. Él atravesándola con la mirada, ella fingiendo sentirse cómoda, hasta que escuchó dos palabras:
-Soy inmortal.
La cabeza de María hizo un clic y recordó las cartas negras. Aquellas que ahora guardaba con recelo debajo del último cajón del armario, más como una posible prueba que como cartas de amor.
Su primo sonreía, parecía ajeno al estrés que había desencadenado y no sólo la invitaba a cenar sino que le suplicó que se quedara y que salieran de fiesta. Fue como si él sintiera que estaban ahora todavía más unidos por un secreto increíble recién revelado y que debían celebrar.

Ahora las dos chicas pagaban al camarero y María se sintió encadenada a aquel antro, frente a un desconocido familiar, que la amaba, que decía ser inmortal y que la sonreía mientras le hablaba de cosas que ella no conseguía recordar. Se sentía acosada, las manos le sudaban y le costaba pensar, incluso respirar. Empezó a sentir miedo de aquella sonrisa fría y con voz insegura comentó que se hacía tarde y que debía marcharse, pero que podían quedar otro día. Fue entonces que él la agarró por el brazo y le suplicó que se quedara.

La mente de María se detuvo en una imagen. Recordaba una foto de lo que debió ser alguna celebración familiar. Se encontraban los dos tendidos en el suelo, sonriendo frente a una fuente... pero de inmediato volvió a visionar las cartas negras. Estaba confusa, asustada y volvió a negar. Debía irse. Hizo ademán de llamar al camarero para pagar mientras él permanecía con expresión pétrea. Cuando por fin la acarició el aire fresco de la calle se sintió aliviada y empezó a despedirse pero él, con semblante serio, le dijo que la acompañaba a la estación de tren.

Anduvieron todo el camino en un silencio tenso. María se sentía culpable por haberlo decepcionado pero sabía que debía marcharse, necesitaba irse, aunque sabía tambien que lo abandonaba, que desmontaba un pedestal de ilusiones que su primo había construido para ellos dos. Esos minutos de silencio la llenaron de angustia.

Dulce María, por fin en la estación de tren, y con la intención de despedirse, se acercó a su primo para darle dos besos pero él giró la cara. Cuando la volvió María tuvo que contener el aliento al ver una expresión que mostraba ahora sólo un duro y frío desprecio. Sintiendo una opresión en el pecho bajó corriendo las escaleras de la estación y en su mente se dibujó una alfombra de hojas secas sobre la que se alzaba el tronco inerte de un árbol milenario.

viernes 6 de febrero de 2009

...


Parece que a María le encanta limpiar los cristales de la tienda. Siempre llega unos minutos antes de abrir y empieza su pequeño ritual. Va al baño, se mira al espejo, dibuja por segunda vez la raya que enmarca sus ojos, se da brillo a los labios y, satisfecha, sonríe a su propio reflejo. Luego sale y se pasa media hora limpiando el escaparate, por dentro y por fuera, hasta que queda reluciente. Y se queda un tiempo allí, en la exposición, saca el polvo a los bolsos y zapatos y los recoloca, prueba diferentes combinaciones de colores y al cabo de un rato, y siempre de repente, parece satisfecha y vuelve a entrar.

Josefina está encantada de tener a una joven tan limpia y trabajadora en la tienda, aunque quizás dedique demasiado tiempo al escaparate, pero no puede quejarse de nada pues la ve trabajar contenta, la observa moviéndose con soltura entre los artículos de piel, feliz y entusiasmada en dejarlo todo perfecto, así que sonríe y empieza a cuadrar la caja del día anterior.

Delante de la tienda hay una pequeña cafetería y cada mañana y a la misma hora, un joven de mirada perturbada entra a desayunar. Se sienta, sólo y siempre en el mismo rincón, abre un libro y prosigue la lectura del día anterior. De vez en cuando, entre sorbo y sorbo alza la vista y ve una chica que parece danzar mientras limpia los cristales de la tienda de enfrente. Piensa por un momento, aunque ella está de espaldas, que se la ve muy feliz.

Lo que no sabe Josefina es que su escaparate está listo justo en el momento en el que un chico de mirada perdida sale de la cafeteria y desaparece al doblar la esquina.

cada vez que te veo doblar la esquina