jueves 9 de julio de 2009

La escalera

Se presentó en casa llorando como un niño.

Ya no recordaba desde cuando estaba atrapado por deudas, préstamos bancarios y mentiras, cientos de mentiras y promesas hechas a la mujer que más quería. Acusado ahora por robar 600 euros y despedido, por la empresa en la que había trabajado durante más de veinte años, supo que el juego había terminado. Las cosas no sucedieron como él había deseado imaginar. Se había jugado su alma al diablo y había perdido y ahora que confesaba, perdía su alma y su familia. Ese día comprendí porqué nunca cogía el teléfono. Cuando sonaba siempre estaba ocupado, se marchaba a buscar algo que había dejado en el coche o se encerraba en el baño. Y es que el miedo se apoderaba en cada tono de llamada, y con cada ring imaginaba la voz que reclamaba el dinero con el que había hipotecado su vida.

Su mujer tras conocer la noticia se puso a planchar y su hija se tumbó en la cama cual pájaro con las alas rotas. Él hizo la maleta y marchó en silencio. Se acabaron los gritos y los portazos. Ya no tenían sentido.

Pero Quim tenía un amigo. Cogió las llaves que su amigo le había ofrecido semanas atrás, y entró en la casa. El techo era muy alto, era una casa muy vieja. Estaba vacía y sucia y al mirar el techo se sintió todavía más pequeño, más hundido. En ese momento supo lo que era tocar fondo. Entró en la sala principal y allí en el centro, rodeada de botes secos de pintura, vio la escalera. Se acercó a ella y poco a poco y sintiendo un escalofrío recorrer todo su cuerpo, se preguntó si sería capaz. Las piernas le temblaban, dudando si debían soportar tal peso, y a cada escalón que subía se le curvaba más la espalda dudando si podrían soportar el peso… pero era la única salida. Ya en lo alto se puso en pié y alzando los brazos empezó a arrancar el papel de la pared.